GENIO SILVESTRE
por Bosco Ortega
"Digo que mis cantos son /
para los unos... sonidos / y para otros... intención".
José Hernández
Escribe, como
quien respira; se abandona al impulso del hallazgo y al influjo del recuerdo,
en el sentido de re-cordare que significa "pasar por el corazón". Escribe como
quien celebra el encuentro de la palabra y el momento, a la intemperie de la
memoria. Entra al verbo con la fruición de un niño que funda una cosmogonía
desde su alfabeto de asombro, que nace en el pujo de luz propia de sus
criaturas genuinas.
Quizá su alma
de notario itinerante, resabio de su profesión de escribano, hacen de Juan
Manuel Ramírez un cronista, un impresionista y un tipologista, constelados en
"Carancho", personaje de heráldica popular, un rara avis de la literatura
chaqueña.
Su obra prima, La Tusca, el memorial de un hombre
desgarrado entre su pueblo suspendido de la nostalgia, el exterminio de sus
compatriotas y la pérdida de un proyecto de Nación, luego de un cautiverio en
las cárceles de las dictaduras, congrega en sus páginas reveladoras el drama de
la patria, pensado en ardua pena viva.

"Carancho" sobrevivió al encarcelamiento que le impusieron Onganía, Lanusse y Videla
En su prosa de
sustancia y cadencia asumen tributos a la picaresca española, de Fray Mocho, de Payró, del Mordisquito de Discepolín
y el Don Verídico del charrúa Julio César
Castro, en contrapunto abierto con Hernández
y Jauretche, Ramos y Arregui, con
resonancias de Molina Campos, Millán Medina y Juan de Dios Mena, de fabulistas y lenguaraces fogoneros, de Fontanarrosa -un impecable e implacable
observador de arquetipos populares, con una agudeza de escalpelo desopilante,
análoga a Carancho- y el aura criolla y sentenciosa de Perón.
Presencias que
mestizan su lenguaje, pero no alteran su razón de canto.
Sabiéndose
heredero de la tradición nacional y sudamericana, hunde, soberano y convencido,
sus raíces en el humus de la sabiduría inmanente de su comunidad originaria. De
allí brota el fundamento y la pertenencia logrados con La Tusca, novela, y Lunas de
barro, aguafuertes periodísticas, dos libros que lo confirman como un prosista
de madurez destilada y de estilo armónico, rítmico y sustantivo.
Escribe, a
pensamiento descalzo y a sentimiento desnudo, simbólico y metafórico, como el
hombre sabio que lee bajo del agua. Carancho no viene de la academia, sale de
la intemperie. Su poética es de la escuela del "Arandú", de aquel "que escucha al Cielo", de la del Padre Angelelli con "un oído en el
pueblo y el otro en el Evangelio", del Abá
Guaraní que busca la Tierra sin Mal con su Avío Celeste, del bardo
"porhiajú" de Julián Zini, del vate
de Atahualpa Yupanqui "que vaticina
el suceso" y del "paisano del universo", síntesis cósmica de Francisco Madariaga.
Su escritura de
cadencia continua sintetiza una comedia humana del Chaco profundo y oculto:
interpreta una épica anónima y unánime, desaparecida premeditada en los fastos
cívicos y el calendario oficial; desnuda la hipocresía displicente y el
latrocinio impune; desmonta las intrigas de un fatuo poder comarcal, espejismo
aldeano que refleja a impostores con ropaje ajeno y sastres de rentas turbias.
Los seres de su
narrativa habitan un territorio de buscavidas y ganapanes, resistentes y
agonistas, marginales y ninguneados, que no se entregan ni claudican ante los
abalorios de una cultura forastera de su identidad. Desde su verdad, legitiman
el derecho a ser propios y suyos. Su credo mayor es ser parecidos a su realidad
para construirse en semejantes de su mismidad. Es decir, merecer la historia
que les pertenece.
Nacidas de
viñetas al margen de un diario, en el mantel de una fonda, en el monedero de
ciberes: fulguraciones repentistas trazadas en carillas al paso y con birome
prestada, junto al peine y el paquete de cigarrillos.
Páginas
memorables de una conciencia crítica, más cercana al humanista que al
moralista, transida por la esperanza y la compasión ante el sufrimiento
lacerado por la injusticia. "Un hombre íntegro es aquel que no se hace el
distraído ante la tragedia de su tiempo", advierte Albert Camus. El hijo del
barrio Sur, resabio de La Forestal, en Villa Angela, pertenece a la estirpe de
lúcidos dolientes y al linaje de prójimos sapientes.
Defino a Juan
Manuel Ramírez, como un hombre donado al destino de su tiempo y dotado de un
genio en la noción de un intérprete del alma de su raza, una suerte de cronista
silvestre y un intuidor natural. Soberano de una levitante musicalidad que
transforma su palabra en melodía que envuelve con su belleza a un pensamiento
de hondura estremecida. Una epifanía que honra su don.

Juan Manuel Ramírez, un hombre donado al destino de su tiempo.